11/10/19

La odisea de los giles - Por José Blanco Jiménez

“El que no afana es un gil”, dice la letra del tango Cambalache escrita por José Santos Discepolo en 1934. Pero el tramo superior es el “pelotudo”, que encarna Fermín Perlassi cuando decide sacar todos los ahorros que, junto con sus amigos, tenía guardados en dólares dentro de una caja de seguridad y depositarlos en una cuenta corriente. La idea era obtener un préstamo para reflotar una vieja cooperativa agrícola, pero resultan estafados por una de esas acciones que parecen legales y no lo son, desde el momento que quienes las cometen cuentan con información reservada.

Los hechos transcurren en 2001 y, en ese fatídico 3 de diciembre, el gobierno de Fernando de la Rúa decretó el “corralito”, que fijaba en un máximo de 250 pesos el dinero que podía retirarse de los depósitos. Además, a final de año el Estado se declaró en quiebra y, una semana después, se acabó la paridad con el dólar y hubo una devaluación de un 28%.

Aparentemente, nada podría ser peor, pero en realidad no siempre se han consumido los últimos tragos amargos. Muchos quedaron en la ruina, pero los “dateados” se hicieron millonarios, como el abogado Manzi, que se hizo “prestar” los dólares al cierre del día bancario. Además, el gerente que gestionó el préstamo apareció muerto en su hogar junto a su esposa por un escape de gas.

Para no ser un spoiler, resumo: el grupo de nuevos pobres descubre por casualidad que Manzi se consiguió el dinero y, después, que se hizo construir una bóveda en la que seguramente lo tiene escondido. Y surge un plan para recuperar lo que les pertenece.

Generalmente, en las películas de robos, el espectador se pone por el lado de los ladrones: creo que es porque no quieren ver como se pierde todo el trabajo preparado con tanto escrúpulo. Es el caso de Siete ladrones (Seven Thieves, de Henry Hathaway, 1960), Los alegres ladrones (The Happy Thieves, de George Marshall, 1961), Topkapi (Jules Dassin 1964) llegando hasta Cuenta final (The Score, de Frank Oz, 2001), que reunió a Edward Norton, Robert de Niro y Marlon Brando.

Incluso aquí, los que intentan recuperar lo que les pertenece, se sirven de un truco visto en Cómo robar un millón de dólares y vivir felices (How tho Steal a Million, de William Wyler, 1966). Y éste llevará a trastornar a Manzi que, al igual que el Tío Patilludo (Mac Pato de las versiones argentinas de Disney), vive obsesionado con el dinero y con la alarma que lo protege.

Pero la película tiene mucho más y es de una espontaneidad risueña y creíble, que me llevó a pensar en Los desconocidos de siempre (I soliti ignoti, de Mario Monicelli, 1958) por su corte ingenuo y pueblerino. Las reuniones preparatorias y los intentos preliminares provocan sinceras carcajadas, que resultan también del descontexto de algunas situaciones, como cuando se cita a Bakunin. O el tímido avance del joven “espía encubierto” que trata de obtener información de la joven secretaria. Y las interpretaciones son extraordinarias, con una fluida norma lingüística argentina, lejana del truculento lunfardo bonaerense.

Y un pequeño detalle subliminal, que no está demás. El director Sebastián Borensztein, que con ese apellido no puede ocultar su etnia, astutamente le da apellido italiano al sinvergüenza, pero lo hace interpretar por el colombiano Andrés Parra, o sea Escobar, el patrón del mal en la serie televisiva de 113 episodios, que se emitió en 2012.

Obviamente, algo queda.

(La odisea de los giles. Argentina / España, 2019)

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