21/10/20

Valparaíso, mi amor - Por José Blanco Jiménez

Un clásico de la marginalidad y un documento acerca de la desigualdad que aún impera en nuestro país. ¡Amarga, pero necesaria! 


Sobre esta película se ha escrito mucho, pero nunca demasiado. Me sería fácil hablar con mi tocayo Pepe Román y pedirle información complementaria. ¡Pero, no! Prefiero hablar de la obra plasmada, desde afuera, como la vieron y la ven los espectadores que hubo, hay y habrá.

Comienzo por decir que he visto obras maestras del neorealismo italiano y que sufro con su contenido, pero, al mismo tiempo, suspiro pensando que las situaciones que plantea ya son historia y – felizmente – ya no existen.

En cambio, Valparaíso, mi amor es una herida abierta y sangrante.

Ha pasado medio siglo y las situaciones que denuncia la película no sólo no han desaparecido sino que – al contrario – han aumentado. Basta ver las noticias cada vez que hay un incendio en “el puerto principal”. No sólo se ha acrecentado el abismo social, sino que se le ha agregado la expansión del tráfico de drogas, acompañado por la violencia que provoca la rabia contra la injusticia.

Aldo Francia, pediatra de profesión, se dio cuenta de los riesgos de la pobreza. Tituló su obra Valparaíso, mi amor en homenaje a Hiroshima, mon amour de Alain Resnais (1959), que para la época era una “escandalosa” historia de amor adulterino en la que la actriz francesa Emmanuelle Riva abrazaba con los pechos desnudos a su amante japonés, interpretado por Eiji Okada.

En esta película chilena, en cambio, había más de una razón para escandalizarse.

Se trata de hechos reales. En el puerto de Valparaíso (que ya no es presentado como objeto turístico), cuatro niños están desamparados porque su padre está en la cárcel. Los acompaña la “madrastra”, que está embarazada y que poco puede hacer por ellos. La única ruta que la sociedad les abre es la marginalidad y, por ende, la delincuencia.

Los niños no son un signo de alegría y futuro esplendor. Al contrario: provocan tristeza y desazón. Se mueven en grupos no para jugar, sino para agredir. La cámara los sigue desde lo alto y a través de las callejuelas, topándose con un Valparaíso real (notable la secuencia de los “chinchineros”). Francia jamás negó la influencia de realizadores como Vittorio De Sica y otros italianos del cine postfascista. Incluso, como en Rocco y sus hermanos, de Luchino Visconti (1960), un cartel anuncia el nombre del niño que será protagonista de la siguiente secuencia.

Su fotografía escruta, acompaña en travelling y se mete en tugurios de mala muerte o en la casa de la señora caritativa a la que el pilluelo paga como Jean Valjean al obispo en Los miserables de Victor Hugo. Mientras tanto, los ascensores suben y bajan conectando dos mundos antitéticos.

Hay que pensar que esta película fue filmada cuando estaba en marcha el gobierno de Eduardo Frei Montalva, que había decretado una Reforma educacional y un plan denominado Promoción Popular. Al comienzo una mujer de pueblo exclama: “¡Los pacos sólo sirven para molestar a los pobres!”. En realidad, no hacían más que cumplir con su deber. En tanto, en esos años, gracias a la iniciativa de algunos jefes y oficiales (los principales fueron Pedro Véliz y Alfredo Vicuña, apoyados por el general director Arturo Queirolo) se había creado la Policía de Menores, que tenía como finalidad erradicar la delincuencia de la clase baja desde sus raíces. Estaba claro que nunca podría eliminarse la de las clases pudientes, que seguirán asesinando personas para ser impunemente sobreseídos por los jueces. Sólo sobrevive la Fundación Niño y Patria, después que ciertos jerarcas atacaron a la institución, porque Carabineros de chile no debían trabajar como “niñeros”. Para eso está el SENAME y ¡no digo más! 

Un último párrafo para la música. Gustavo Becerra escribió un comentario musical adecuado, realizando variaciones sinfónicas sobre La joya del Pacifico de Víctor Acosta y Lázaro Salgado, que en la película canta Jorge Farías. ¡Créanme! Todos aquéllos que hayan visto la cinta no podrán sentir más que una fuerte tristeza al oír este vals, que debiera expresar sólo alegría. Es ya un reflejo condicionado.

¡Ojalá algún día podamos decir: “Esto ya no ocurre en Chile”!

(Valparaíso, mi amor. Chile, 1969) 

Disponible en https://www.cclm.cl/cineteca-online/valparaiso-mi-amor/

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