14/10/20

Morir un poco - Por José Blanco Jiménez

Álvaro Covacevich fue capaz de presentar un Chile dividido en dos, sin decir una palabra y sin emitir juicio político alguno. Ahora es un precioso documento que se puede ver en https://www.youtube.com/ 


Estudiaba en la Escuela de Periodismo y Wilson Tapia Villalobos, profesor de Cultura Chilena, nos dio como tarea ir a ver Morir un poco y comentarla. Además del texto escrito, se desarrolló después un foro al respecto. Hubo muchas opiniones e intervenciones incluso violentas, pero sí un denominador común: la película no dejó indiferente a nadie.

Álvaro Covacevich no pertenecía a ese grupo de directores “militantes” de la época, como Aldo Francia, Patricio Kaulen o Miguel Littin. En realidad, era un arquitecto paisajista y lo dejaba en evidencia con las panorámicas que mostraba a lo largo de un periplo aparentemente sin destino de un solo personaje que observaba sin decir palabra un Chile poco conocido para muchos.

Era realmente un “don Nadie”, un hombre cualquiera, peregrino entre dos clases sociales que ni siquiera tomaban conciencia de su diversidad y que, en un momento, se evidenciaban más aún en una secuencia en dos playas contrastantes: Cartagena en blanco y negro; Reñaca en colores. Y la pobreza saltaba a los ojos con la fuerza de un látigo, sobre todo al recorrer una población marginal o al ver los niños de vientres hinchados que juegan entre la basura o con un improvisado carretón, mientras cantan “Dinamita”, un éxito discográfico de Los Tigres. Así son felices “en la medida de lo posible”.

Recuerdo una de mis intervenciones en el foro, que produjo un masificado y (para mí) irresponsable “¡No!” de mis compañeros: el director exponía situaciones, pero no denunciaba a los responsables. En efecto, como un Nicolás Gogol o un Stendhal, pasaba mostrando lo malo (o equivocado) de la sociedad, pero no emitía juicios. O como El hombre de la multitud, de Edgar Allan Poe, que la buscaba para perderse entre ella.

Evidentemente, el tema iba más allá del ámbito chileno. Morir un poco empieza con un texto y con una alegoría (un globo cae por una espiral y cae hasta una pieza embaldosada en la que un niño desnudo juega con él, rompiéndolo). Copio el texto para los que no alcanzan a leerlo con calma:

Mientras comienzan y terminan guerras en todos los puntos de la tierra, nosotros en América tenemos otra guerra peor, eterna y silenciosa: la de nuestra indiferencia contra el hombre común. Ella ha creado una raza diferente de seres humanos, con apariencia y textura física distinta; donde no es absurdo que se cuide más a los muertos que a los vivos y donde la forma y el color, la belleza y la fealdad se unen para que el muera un poco cada día. Todo esto se llama tiempo de paz.

Luis Olivos (el actor no profesional que protagoniza la película) observa, junto a los espectadores, una realidad que se identifica por contraste: al pauperismo de una “callampa” se opone una ciudad con la promesa de la alegría que otorga el consumismo (en la vitrina de una agencia se lee: “Viaje a Oriente”, en la librería volúmenes acerca de la productividad de la clase obrera). Recuerdo que, a principios de los años ’80, en un taxi colectivo una señora decía entusiasta “¡En Chile hay de todo para comprar!”. El taxista se atrevió a decirle: “¡Sí, señora! ¡Pero hay muchas cosas que no se pueden comprar!” y ella rebatió: “¡Pero hay de todo! No como en Brasil, donde ni siquiera comen carne de vacuno sino de algo que llaman cebú”. Poco tiempo después, todo se podría comprar con las tarjetas de crédito.

Otro contraste que no es casual, porque está expreso en el cartel de entrada: en el cementerio, los muertos reposan en hermosos mausoleos, mientras que los vivos deben acomodarse como puedan.

Y resulta también inolvidable el contraste entre el striptease del local nocturno y el de la cónyuge que empieza a desvestirse para ir a la cama. ¡A propósito! La secuencia del desnudamiento de “La colegiala” tenía el componente morboso de que nunca se había visto un número así en una película chilena. Sólo ahora se me pasa por la mente que podría aludir a la prostitución infantil, que – en cambio – era explícita en Valparaíso, mi amor.

Al final, no tengo inconveniente en contarlo, se ve el contraste entre un campo sembrado y un parque. En este último, el protagonista se enfrenta a una serie de carteles con prohibiciones de todo tipo: “Se prohíbe jugar a la pelota y pisar el césped”, “Prohibido bañarse en los estanques”, “Prohibido tocar las flores”, “Prohibido hacer pic-nic”, “Prohibido entrar con animales”, “Prohibido pisar el pasto”. La respuesta es una rebelión tan violenta como inútil.

Un filme que tuvo un gran éxito: se calcula unos 200.000 espectadores, lo que era un récord para cualquier película en esos años. Y la música, interpretada por Nano Vicencio, se tatareaba y punteaba en todo Chile.

Se corrió el riesgo de perderla para siempre, pero se recuperó una copia que se había quedado en Alemania, donde participó en un festival. ¡Gracias a ella puede verse como la escisión social, en vez de disminuir en Chile, ha aumentado bajo la pátina de un falso bienestar!

(Morir un poco. Chile, 1968)

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