30/10/20

Juego Perverso - Por José Blanco Jiménez

Película que requiere de algunas claves de análisis. Por lo tanto, recomiendo la lectura de este comentario después de verla, con la esperanza de aclarar algunas dudas acerca de este juego mortal y psicodélico. 


Como ya sugerí con Pesadilla en el infierno, recomiendo leer mi comentario después de ver la película, porque su trama es enrevesada como su título original: Braid (trenza).

Y eso es lo que tres amigas han elaborado un juego desde pequeñas y juegan con todas las reglas que exige un juego, lo que me recuerda Homo ludens de Johan Huizinga. En este caso, éstas son: 1ª - Todas deben jugar; 2ª - No se permiten forasteros; y 3ª – Nadie se va.

Aclaro de inmediato que lo que estoy escribiendo no lo he inventado yo, sino que me baso en una entrevista a la joven directora Mitzi Peirone, que debuta con esta película. Es ella la que sostiene que, cuando somos adultos, dejamos de jugar. Y agrega: “Pero ¿es verdaderamente así? ¿No podemos ser el sueño de un sueño?”

Un resumen veloz.

Petula (Imogen Waterhouse) y Tilda (Sarah Hay), dos amigas traficantes de drogas, deben escapar al ser sorprendidas por la policía, toman un tren para volver a su pueblo y Petula seduce al inspector en el baño para no pagar. Como deben entregar dinero al “dealer”, resuelven robar el dinero de su herencia a Daphne (Madeline Brewer), una amiga de la infancia mentalmente desequilibrada. Para ello recurren a un juego sadomasoquista que realizaban en su infancia: son la madre, la hija y el doctor.

Todo va adquiriendo un cariz cada vez más obscuro y aparecen nuevos personajes: el vagabundo que reconoce a Petula en la estación; el inspector de policía que investigó cuando Daphne se cayó del árbol y que interviene para salvarla cuando las otras dos van a intervenirla quirúrgicamente. Es asesinado, descuartizado y sus despojos enterrados. Después, como en Las diabólicas de Clouzot, no se encuentra nada en ese lugar.

Todos estos hechos ocurren como si fueran reales y la directora ejecuta una serie de experimentos visuales, como por ejemplos los colores psicodélicos para manifestar alucinaciones producidas por narcóticos.

En realidad, casi todo lo que se ve en pantalla no es real y Peirone entrega algunas claves de lectura: el inspector de tren cobra dólares en vez de euros, las muchachas despiertan de su somnolencia y debajo del asiento encuentran un libro que en realidad está debajo del sofá de la casa, el tren es parte de los juguetes, el policía también es un muñequito

Las tres amigas han seguido jugando hasta la vejez y el espectador es cómplice de estos juegos. Ese juego de roles se ve interrumpido por el deseo que Petula tiene de escapar y de ser “alguien” (actriz, traficante de drogas): los intentos de fuga están en el cuaderno escrito con letras al revés, los juegos se recuerdan en dibujos infantiles pegados en las paredes, el anciano vagabundo le recuerda que siempre regresa, los celulares dentro del buzón representan el intento de conectar con el mundo real, el bate de béisbol con que la golpea Dafne para impedir que se aleje obviamente no existe.

Todas las heridas que las amigas se infligen durante sus juegos después desaparecen y no dejan cicatrices, incluso las presuntamente provocadas por un atropellamiento. La imagen de las muñecas, la música operática y el suicidio (una se cuelga en su dormitorio, otra se corta las venas en la bañera, la tercera se envenena) son otros episodios lúdricos que aumentan la tensión. Y el deseo infantil de ir a dormir.

Pero nada existe realmente. Y, si debo ser preciso, una película es una película y nada de lo que se ve en ella existe. El espectador entra en el juego para gozar y sufrir junto con los personajes. Eso no hay que olvidarlo nunca. El cine es voyerista y también nos hace cómplices de una realidad ajena, que puede ser una trenza imposible de deshacer.

Pueden verla en www.cinemark.cl/cineonline y www.cining.cl, desde ya con la idea de verla por una segunda vez.

(Braid. Usa, 12019)

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