30/10/20

El diablo detrás de la puerta - Por José Blanco Jiménez

El cine español es escaso en el género terrorífico. Esta película consigue su objetivo sobre todo porque la ambientación recuerda la de antiguas casas en Chile y sobrecoge por la indefensión en que se encuentran los más débiles de la sociedad, tanto por sus limitaciones físicas como por las financieras. 
  
No existe una gran tradición de cine de terror en España, con excepción de Rec, de Jaume Balagueró y Paco Plaza (2007) y – de hecho – esta Malasaña 32, del barcelonés Alberto Pintó se apoya en un guión escrito por cuatro personas: Ramón Campos, Gema R. Neira, Salvador S. Molina y David Orea. El título comercial en Chile es absurdo, pero necesario, puesto que no todos han estado en Madrid, no todos conocen la calle Malasaña y el número 32 no existe. En esa vía han ocurrido hechos horribles, pero ninguno tiene que ver con esta película.

Hay un prólogo que ocurre cuatro años antes del relato propiamente tal. En un edificio de varios pisos, dos niños jugando entran en una casa en busca de una canica que se les ha caído por la escalera. Ven un corredor, una mecedora y… ¡punto aparte!

Se pasa a 1976, año de transición en España, en el que – después de la muerte de Francisco Franco – muchos tienen la ilusión de una vida mejor. Al departamento contiguo de aquél en que se desarrolló el prólogo, llega una familia compuesta por Manolo (Iván Marcos), su esposa Candela (Beatriz Segura), Amparo (Begoña Vargas) y Pepe (Sergio Castellanos), hijos de ella, el pequeño Rafael (Iván Renedo) único hijo de este segundo matrimonio y “el abuelo” (José Luis de Madariaga). Cito los nombres de las actrices y los actores, porque son buenos intérpretes y poco conocidos en nuestro país, lo que les da mayor credibilidad.

Contrariamente a las películas norteamericanas, aquí los fenómenos paranormales están más insinuados que evidenciados y los resultados son eficaces.

La relación con otras películas es innegable y corro el riesgo de ser un spoiler, pero la infuencia de Poltergeist o El conjuro, la franchise de los Warren, saltan a la vista. Incluso, la marioneta de la televisión me recordó al muñeco de Saw. El juego del miedo.

Sin embargo, el principal atractivo para mí es que me recuerda el ambiente de las antiguas casas chilenas, con esos muebles que todavía existen, la máquina de coser, la victrola y los cables para tender la ropa sobre el patio interno. Es precisamente a través de ellos que Pepe (joven de bajo coeficiente intelectual) recibe papelitos escritos por “Clara” del tipo “los esperaba”. Porque la presencia maléfica se expresa a través de los más débiles y eso será fundamental para la intervención de una paralítica que servirá de “médium”.

No agrego más detalles. Sólo puedo decir que la película sobrecoge por la indefensión en que se encuentran los más débiles de la sociedad, sea por sus limitaciones físicas como por las financieras. Particularmente bien construido el rol de Amparo, que tiene 17 años (la actriz me recordó a una joven Penélope Cruz) y que es un nexo imprescindible de las relaciones intrafamiliares como asimismo de las presencias malignas.

Los últimos minutos son particularmente clarificadores de todo lo ocurrido. El grupo, que en algunos momentos me trajo a la mente cuadros de Goya (apareciendo también Saturno que devora a uno de sus hijos, símbolo del tiempo que todo lo consume), venía huyendo de sus problemas y encontró otros nuevos. No es la casa la embrujada, sino el dolor que rezuma y que seguirá acompañándolos mientras no se aquiete.

Se puede ver en www.cinemark.cl/cineonline y www.cining.cl.

(Malasaña 32. España/Francia, 2020)

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