24/10/20

El botón de nácar - Por José Blanco Jiménez

Después de haber meditado acerca de la luz, Patricio Guzmán busca en el agua el testimonio de vida y de muerte como una necesidad de conservar la memoria. Puede verse en www.ondamedia.cl

“El océano contiene la historia de la humanidad. El mar guarda todas las voces de la tierra y las que vienen desde el espacio. El agua recibe el impulso de las estrellas y las transmite a las criaturas vivientes”, señala la sinopsis del filme ganador de un Oso de Plata a mejor guión en el último Festival de Berlín.

Como en Nostalgia de la luz, la poética de Patricio Guzmán se basa en el silencio de los humanos y en el ruido de la naturaleza. Si primero fue el viento y la pitagórica música de las esferas desde la bóveda celeste, ahora es el agua con todo su mensaje generador de vida o responsorio de la muerte.

El botón del título alude a aquél que un capitán inglés Robert Fitz Roy usó, en 1830, para pagar la compra de Orundellico un joven yámana, que ha pasado a la historia con el nombre de Jemmy Button. En 1950, Benjamin Subercaseaux publicó su biografía en estilo novelesco y se puede decir que tuvo un final feliz, puesto que el adolescente fue traído de regreso años después.

Pero esa historia recuerda también el genocidio de los pueblos fueguinos, que habían construido su civilización en los canales australes y cuya supervivencia se sustentaba en el agua. Y también en el agua se consumó el exterminio de los opositores de la dictadura cívico-militar en Chile, cuando entre 1.200 y 1.400 cadáveres fueron arrojados al océano atados a rieles de ferrocarril.

Y ése es el otro botón al que alude Guzmán: uno de concha perla, que es todo lo que quedó de lo que alguna vez vistió un ser humano, definitivamente aniquilado por el mar y sus criaturas. Un testimonio rememora el procedimiento, que quedó en evidencia por la aparición de un cuerpo en una playa del denominado Norte Chico el 12 de septiembre de 1976.

Ese botón es el símbolo de una crueldad innecesaria, negada además por sus autores, que pretendían que los “desaparecidos” se habían ido del país para disfrutar de una nueva vida. Los europeos fueron más directos y no negaron siquiera sus intenciones: había que exterminar a los salvajes para traer la “civilización” a las tierras que habían decidido conquistar. Un genocidio más de tantos que registra la “historia oficial”.

En vista que los patagones fueron extinguidos, el director fue a entrevistar a algunos sobrevivientes del pueblo indígena de los kawésqar, que vivían más al Norte. ES así como el espectador puede conocer la vida sencilla de seres humanos que no manejaban conceptos como “Dios” y “policía”. Su existencia, con el mar como telón de fondo, no se relacionaba con lo trágico, sino con lo vital. Los selkman, por ejemplo, pintaban sus cuerpos y efectuaban rituales cuyos motivos no conocemos. Guzmán quiere creer que ciertos dibujos identificaban a los astros hacia los cuales partían después de morir.

En fin de cuentas, el agua da la vida y el mar – hacia el cual ésta fluye – puede ayudar a reconciliarse con el pasado, porque el realizador cree que “si no se investiga la memoria, el futuro se cierra”.

(El botón de nácar. Francia/España/Chile/Suiza, 2015)

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