30/7/20

Los hijos de la Guerra Fría - Por José Blanco Jiménez

Vi la película cuando se estrenó en 1986 y la comenté de inmediato. Nunca había oído hablar de Gonzalo Justiniano, pero lo conocí cuando se hizo notar con Sussi (1988) y Caluga o menta (1990). Resolví entrevistarlo cuando Los hijos de la Guerra Fría se lanzó en videograma, en julio de 1991, y los resultados aparecieron en la revista internacional “Video para usted”, cuya edición para Chile estuvo a mi cargo. Faltaban todavía títulos señeros como Amnesia (1994), b-happy (2003) y Cabros de mierda (2017), para mí la mejor película chilena de ese año. 

El relato se inicia con un hombre y una maleta en un pastizal seco y solitario. ¿Cómo llegó ahí? Su voz en off introducirá el largo flashback, que naturalmente no voy a relatar. Según el mismo Justiniano, la película se une más por sensaciones que por lógica. Le interesaba presentar una realidad enfermiza, con un humor bastante a la chilena, con elementos negros. Por ejemplo, en el cine el amor es para la gente hermosa: aquí los protagonistas (Eugenio Morales y Pachy Torreblanca) son dos símbolos antisexies, dos seres largos y flacos. La música romántica es reemplazada por cumbias, la gran compañía es la radio (con noticias policiales), mientras la televisión muestra a miembros uniformados del gobierno, que hacen pensar en el Gran Hermano de Orwell. “Cuántos sueños nos vendieron”, dirá Javier (Maldonado), que no se preocupa tanto por lo que le van a pagar sino por lo que no le han pagado. El lúgubre teatro abandonado es un símbolo de la decadencia de la cultura.

El filme se divide en dos partes: 1ª – “la copia feliz del Edén” y 2ª – “Los herederos del futuro esplendor”, aludiendo a dos versos del himno nacional chileno (lo digo para los lectores de otras nacionalidades). En la primera, se presenta una economía ficticia, con oficinas llenas de tecnología y vacías de trabajadores. Hay un momento de fácil prosperidad con automóvil lujoso y matrimonio cacharpeado que da paso a una caída muy previsible: la presunta felicidad dependía de poderes demasiado mayores. En la segunda, la imposible reinserción y la inútil rebelión. Después la búsqueda de ese lugar que “tú sabes que te espera” y el ingreso en una “zona prohibida”, pasando incluso por un local llamado “El Purgatorio”, que está junto al mar.

¿Y qué es la Guerra Fría? La define el mismo protagonista: “Es la guerra que no se ve, que no se siente, pero está en todas partes”. Y se puede plantear en preguntas como: ¿Por qué me siento mal? ¿Por qué no comunico? ¿Por qué no puedo mirar a esa mujer?

Según me manifestó el director, le interesaba más mostrar personajes reales que ideas sueltas. Y el cuarteto que vaga sin rumbo me recuerda al grupo de El discreto encanto de la burguesía, de Luis Buñuel, que va sin destino por una carretera interminable. Justiniano me dijo: “Soy un convencido de que a dónde va la clase media, es el curso que toma la historia. En esa medida va a progresar el país”. Y agregó “La película fue hecha para ese momento, pero yo decía «Esperen a verla después de 5 años»”.

Han pasado casi 35 y la posibilidad existe: ¡véanla gratis en www.cinechile.cl!

(Hijos de la Guerra Fría. Francia/Chile, 1985)

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