23/11/19

Terminator: Destino oculto - Por José Blanco Jiménez

De nuevo James Cameron toma las riendas de su Terminator (1984), esta vez como productor (para la dirección se sirve de Tim Miller de Deadpool, 2016), retomándolo donde había quedado en la segunda parte (Terminator: Judgment Day, 1989). Atrás se pierden para siempre la tercera parte (con la gélida Kristanna Loken, 2003), la cuarta (Salvation, 2009) y la quinta (Genisys, 2015): todas definitivamente olvidables.

Skynet ya no existe, porque el futuro fue cambiado, pero hay una nueva amenaza: Legion, una Inteligencia Artificial igualmente peligrosa.

Este episodio se desarrolla desde una perspectiva femenina: Grace (Mackenzie Davis) es un soldado “cibernéticamente mejorada”, que viene para salvar a Dani Ramos (Natalia Reyes), una joven obrera mexicana destinada a ser la adalid de la rebelión. El terminator de esta vez es un Rev-9 (Gabriel Luna), indestructible y proteiforme. En su defensa, acude también Sarah Connor (Linda Hamilton), cuyo hijo ha sido finalmente asesinado. El trío se dirige a Texas para recuperar la única arma que podría destruir al peligroso mutante. Y ahí se incorpora Schwarzenegger: el tejido humano del T-800 ha envejecido y la máquina, que ya no recibe órdenes de matar, ha desarrollado sentimientos casi humanos protegiendo a un niño y a su madre. Pero no necesita proteger al trío de heroínas porque ellas – al igual que la Imperator Furiosa de Mad Max: Furia en el camino (Mad Max: Fury Road, de George Miller, 2015) – se defienden solas. No faltan, es claro, secuencias adrenalínicas, como la lucha por la supervivencia bajo el agua en el clima amniótico de El misterio del abismo (The Abyss, 1989). Y ya no se trata de una anunciación evangélica (se cita incluso a la Virgen María), sino de magníficas dispuestas a restablecer el orden a las que, por lo demás, Cameron tiene acostumbrado al público: la Ripley de Aliens (1986) y la Neytiri de Avatar (2009). Un detalle eso sí: la rubia y andrógina Davis (la replicante Mariette de Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, 2017 y la niñera Tully, de Jason Reitman, 2018) aparece gigantesca junto a las otras protagonistas. En realidad, tiene “sólo” 1.78 m, pero la diferencia se nota junto a Linda Hamilton (1.68) y Natalia Reyes (1.55).

No digo más del relato, pero sí me parece importante un poco de análisis ideológico.

En primer lugar, el tema de la guerra perenne, que es el leitmotiv de casi toda la cinematografía norteamericana. En segundo lugar, los perniciosos efectos de la obediencia debida: máquinas para matar con apariencia humana como las que mandaron a Vietnam o Afganistán (hay una referencia explícita con respecto a RV-9). En tercer lugar, la inmisión del elemento latino: tanto el asesino como la futura líder tienen aspecto sudaca. Además, la transgresión del muro alude al futuro que se encarna en el inmigrante. Y, finalmente, la parábola del Salvador con la muerte de la máquina. Junto a la contradicción de amar y temer al porvenir.(Terminator: Dark Fate, 2019)

1 comentario:

  1. Terminator siempre ha sido una especie de placer culpable, ya que, si bien, no es el mejor cine, creo que fue una de esas pelis que nos marcaron de niños y que nos hizo pensar en el futuro apocalíptico en virtud de la máquina como ente aniquilador,no bíblico, sino un fin del mundo producto de nuestras propias acciones. Quizás por eso, y como el tiempo ha podido más bien reafirmar, la trama sigue vigente y ha sido replicada en cuanta película postapocalíptica existe en la actualidad. Las lecturas ocultas tras la historia son muchas y tal vez, por ahí hay otro punto de fascinación. No he visto esta película aún, pero seguro la buscaré por ahí porque es, después de todo, ese Terminator que todavía asusta.
    Gracias profe por el comentario.
    Saludos
    Pilar

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