6/10/19

Por Gracia de Dios -Por José Blanco Jiménez

Todo empieza cuando Alexandre Guérin, que vive en Lyon con su familia, descubre que un sacerdote que abusaba de él en el grupo de los scouts, todavía está en contacto con niños. Se trata de Bernard Preynat, que fue denunciado a las autoridades eclesiásticas, pero éstas nunca intervinieron. De hecho, el cardenal arzobispo Barbarin estuvo siempre en conocimiento y nunca hizo nada. Alexandre decide efectuar una denuncia en la policía, pero después no quiere seguir adelante, porque no quiere perjudicar a su Iglesia, puesto que es católico practicante, junto a su esposa y sus cinco hijos. En un encuentro con Preynat, es obligado a rezar el Padre Nuestro y el Ave María con su antiguo agresor, que ahora tiene más de 70 años y no se arrepiente de nada.

Sin embargo, como en una carrera de postas, la bandera de la denuncia va pasando de mano en mano. Los documentos que avalan la denuncia llevan a la policía a buscar a otra víctima, François Debord, que primero no quiere colaborar y después se transforma en el adalid de un movimiento que da origen a un sitio web para denunciar los abusos. Entran así en contacto con él un médico, Gilles Perret, y después Emmanuel Thomassin, un epiléptico cuya vida ha sido toda una frustración: padres separados, matrimonio fracasado, nueva pareja celópata. En los otros casos, todos tienen el apoyo incondicional de sus cónyuges; él lo encuentra en su madre.

Los que recuerdan la excelente investigación periodística de Spotlight (de Tom McCarthy, 2015) tal vez echen de menos un cierto suspenso. Lo más probable es que esperen malas noticias cuando suena un teléfono o teman un accidente en motocicleta o un suicidio. Nada de eso ocurre, porque en Francia los acontecimientos todavía están “en desarrollo” y los ritmos de vida son diversos a los de las películas norteamericanas. Y la Iglesia Católica Apostólica Romana “no tiene apuro”.

Es por ello también que François Ozon no realizó un documental ni una ficción panfletaria, como Pedro Almodóvar con La mala educación (2004). Al cardenal se le escapa un “gracias a Dios, todo está prescrito” y es reprobado de inmediato por un periodista presente en la conferencia de prensa, que interpreta la frase como “afortunadamente, está todo prescrito”. En realidad, resulta evidente que la jerarquía eclesiástica cree más en una imperfecta justicia laica que en una verdadera justicia divina. Es así como Preynat se considera “enfermo” e informa sin tapujos que sus superiores siempre han sabido de sus inclinaciones.

Lo que interesa al director es mostrar que los niños se consideraron siempre “culpables” y no “víctimas”, no encontrando además un ámbito familiar en el cual confiar. ¿Suena conocido?

(Grâce à dieu. Francia, 2019)

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