17/9/19

Durmiendo con el asesino - Por José Blanco Jiménez

Recuerdo haber dicho que Lily Collins en Sin salida (Abduction, de John Singleton, 2011) había sido escogida como partner de Taylor Lautner para no incomodar a las espectadoras. En efecto, esa flaquita no era competencia para las admiradoras y desempeñaba bien su papel. Reapareció en Tolkien (de Dome Karukoski, 2019) como una figura digna de una novela de Dickens, interpretando a la esposa del escritor, capaz de sentirse mal por no usar un sombrero en un café.

Después supe que es hija del cantante Phil Collins, pero eso no quita ni agrega nada a su capacidad dramática. En efecto, en esta película es el hilo portante de la reconstrucción de la vida de Ted Bundy, un asesino múltiple que existió verdaderamente y que fue ejecutado después de confesar 30 homicidios en siete Estados, ignorándose el número total.

El relato está planteado desde la perspectiva de su pareja, Elizabeth Kloepfer, que creyó por mucho tiempo en su inocencia y que, con pseudónimo, publicó sus memorias.

Todo empieza en la cárcel, cuando el femicida está a punto de ser condenado y la mujer recuerda cuando lo conoció siendo madre soltera, en los años ’70, colocando un disco en un jukebox. Su actitud fue respetuosa, lo invitó a pasar a su casa y durmió junto a ella y su hija. Queda preguntarse por qué ninguna de las dos mujeres fue víctima y por qué pudo mantener años de convivencia. El filme no da respuesta, pero creo que insinúa que se enterneció con la figura de la joven sola que cuida a su criatura. Tal vez así vio el reflejo de su madre y suplió la figura de su propio padre ausente.

No he leído el libro, pero – según me he informado – la actitud de Elizabeth fue mucho más proactiva de lo que muestra la película.

Debido al régimen federal norteamericano, Bundy fue llamado en causa por varios Estados, pero las telecámaras de Florida se encargaron de transformar el proceso en un espectáculo. Es así como el personaje se hizo conocido (escenas de archivo se incluyen entre los créditos finales), declarando su inocencia y teniendo mucho arrastre entre el público femenino. Además fue su vocera una ex novia. No era tan atractivo como el actor Zac Efron, que lo interpreta, pero tenía sin duda un carisma muy especial. Según él, se estaba instrumentalizando su juicio con fines políticos, porque el gobernador buscaba su reelección.

Es este último punto el que me lleva a pensar como también en Chile abundan cada vez más este tipo de argumentos: se acusa a un juez de dictaminar con miras a una promoción a la Corte Suprema, una ministra se defiende porque la quieren juzgar políticamente y no por su mal desempeño, los que acusan a un parlamentario querrían ocupar su puesto. Se trata obviamente de manipulación mediática, que redunda en una presunta manipulación personal.

Bundy era culpable y fue ejecutado. Para postergar su condena, empezó a reconocer algunos de sus crímenes, obligando a abrir nuevos expedientes. Al final, nunca se supo (y probablemente nunca se sabrá) cuántas mujeres mató en la más completa impunidad.

Dos detalles puramente cinematográficos: John Malkovich es uno de los jueces y el ahora obeso Haley Joel Osment (el niño de El sexto sentido, 1999 y A.I. – Inteligencia Artificial, 2001) es el tímido colega enamorado de Elizabeth. Ambos resultan creíbles.

(Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile. USA, 2019)

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