18/4/17

El Cristo ciego - Por José Blanco Jiménez

Christopher Murray es chileno y no tengo el gusto de conocerlo. Lo digo de inmediato para dejar en claro que lo que voy a escribir es mi impresión directa como espectador sin tener información colateral alguna.

Viendo El Cristo ciego, me ha dado la impresión de estar frente a una película de Pier Paolo Pasolini y no tanto por El evangelio según Mateo (Il vangelo secondo Matteo, 1964) del que la secuencia del bautismo en el riachuelo es una transparente recreación andina, sino también por Pajarracos y pajaritos (Uccellacci e uccellini, 1967) y – aun antes - por Accattone (1961), basado en sus novelas Ragazzi di vita y Una vita violenta. Tampoco me parece una casualidad que Michael Silva actúe más como Franco Citti que Ninetto Davoli. Y Murray también se sirve de actores no profesionales.

El hecho es que el espectador está ante una película de búsqueda, de un camino que se recorre en pos de un triunfo místico. El desierto de Atacama nos ofrece un panorama similar al de Galilea y sus habitantes recuerdan a los rudos testigos de la época del Nazareno.

Todo empieza con un rito iniciático, que genera unos estigmas inducidos y una convicción: Dios está dentro de nosotros. Pero de ahí a los resultados hay un largo camino. No se me puede ser taumaturgo de manera automática, menos todavía en un mundo en el que los creyentes se mueven más por superstición que por fe.

Al igual que decía el Cristo, “esta generación perversa quiere un signo”, pero éste no llega porque no se trata de un prestidigitador de plaza (de un Zampanò, por decirla junto a Fellini, que también en parte está presente en esta cinta).

Cuando Michael sabe que un gran amigo suyo, que partió a trabajar en una minera, está inválido, parte del pueblo de La Tirana a encontrarlo. Conocerá a un joven que lo llevará a Huara, donde intimará con la madre de éste. Tiene un desagradable episodio en una gruta dedicada a San Lorenzo y conoce a algunos marginados de la sociedad: un drogadicto que quiere salir de la adicción, un ex convicto que quedó a cargo de una iglesia a la que el cura nunca más volvió.

La fotografía y el montaje son impecables. Los grandes planos del desierto y los fuertes contrastes de luz y sombra sirven de ambientación para expresar el vacío que deja la demanda espiritual. Otro símbolo son las puertas que se abren o cierran hacia una libertad inexistente (como la del preso que deja la cárcel después de 15 años). La música aporta un perfecto sincretismo religioso, en el que lo cristiano y lo autóctono se conjugan. Y no falta un homenaje al Mantegna, cuando el protagonista intenta la sanación que tanto deseaba realizar.

Además de las historias que cuenta Michael, que son modernas parábolas, están las reflexiones de gente sencilla, cargadas de reminiscencias evangélicas: “Lo que hace el hombre, desaparece”, “Creo en Dios, pero creo que no tengo salvación”, “Si Dios está en Ud., no debería tener miedo”.

Hay necesidad de Dios, porque se siente que no está. Es esa privación la que se explica por boca del “sacristán” del templo abandonado: “Jesús desapareció para que nosotros llenemos ese vacío”. Y – efectivamente – se puede afirmar que “la fe es el sonido que llena el vacío”.

Regresando a casa completa su periplo, pero – como un moderno Odiseo – deberá volver a partir.

(El Cristo ciego. Chile/Francia, 2016)

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